Cuando el equipo favorito pierde (o, como en este caso, empata un partido que podía ganar) es muy difícil ser objetivo en la crítica. En especial si cae ante el penúltimo equipo de la tabla de posiciones.
¿Qué pasa por la cabeza de algunos jugadores cuando juegan como visitantes? Porque habían empeza-do muy bien, los tatengues. Fueron 30 minutos de buen juego, con avances que olían a gol. Brillaba Donnet (marcó un golazo) y se destacaba Guerra, muy peligroso en la ofensiva: varias llegadas, buenas habilitaciones a Pratto, una “tijera” que dio en el travesaño…
De pronto, los comodorenses parecieron advertir que no estaba Vera y empezaron a mandar centros cruzados para sus grandotes delanteros, que cabeceaban solos, sin marca, ante un indefenso Limia. Y así llegó el gol del empate: centro, cabezazo y gol.
A partir de ese momento Unión se desdibujó de tal modo que -haciendo honor al mote de “caballeros del infarto”- nos tuvo sufriendo hasta el final. La CAI llegaba a fondo y Limia se erigió en la figura de la cancha, atajando pelotas imposibles, que tenían destino de red. Para colmo volvió a sentirse Guerra y tuvo que salir del campo de juego. El medio campo dejó de gravitar y atrás no daban abasto.
Sinceramente: un equipo con semejantes altibajos, no puede aspirar al ascenso. Varios de los que com-piten por los cuatro lugares de privilegio en la tabla también fallaron (salvo Instituto, que se escapó) y Unión no pudo aprovecharse de tales falencias.
¿Qué hará el cuerpo técnico? Entre la enfermería y las defecciones, tiene un verdadero rompecabezas.
Se desaprovecharon partidos considerados a priori como “ganables”; y ahora vienen los difíciles.
Para no perder las esperanzas, me refugio en las fallas de los principales rivales. Pero eso, sólo eso, no alcanza.





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